viernes 22 de mayo de 2009

Culpa y Pena - Parte II: Aquello que hice…

La casa estaba prudentemente decorada con pequeñas luces navideñas de color amarillo, colgadas del dintel de las puertas de un garaje para dos carros, que caían a manera de cascadas.
El jardín que daba a la calle tenía dos estructuras de luces en formas de renos y un nacimiento que, para Ezio, daban la impresión de constelaciones. Todas las casas y edificios bajos estaban ornamentadas de manera similar.

Era una zona alejada de la ciudad; lugar de residencia de gente adinerada y opulenta. Pasaba muy poca gente. Tenían poca protección en cuanto a rejas y sistemas electrónicos; salvo un guardia de seguridad a quien Ezio tuvo que pagar una fuerte suma de dinero para hacerse el “cojudo”. Los vecinos estaban dormidos o, en todo caso, disfrutando de sus respectivas cenas con sus respectivas familias… y Ezio, dentro de la camioneta verde, estaba esperando a que lleguen las once y cuarenta de la noche.

En su mente comenzó a murmurar mientras cubría sus botines unas bolsas de plástico.

Estaba repasando los pasos, estudiados y cautelosos, para realizar el trabajo.

Normalmente su espíritu no se perturbaba antes de realizar un trabajo; pero este le causaba un sentimiento muy particular: algo no andaba bien. Tal vez era la noche, tal vez era la ocasión…tal vez era la soledad: la miseria...

… Ezio apoyó ambas palmas de sus manos sobre el claxon del timón y se encorvó para apoyar su frente contra las partes posteriores de las mismas; cerró los ojos… y dio un suspiro…

La radio tocaba la canción “Behind Blue Eyes”: una ironía del destino, de Dios…él no sabía…

El reloj analógico en su muñeca derecha comenzó a sonar a manera de despertador: era hora; daban las once y cuarenta de la Nochebuena.

Abrió la puerta del auto, bajó y comenzó a caminar a través del frío y de la iluminada y, sin embargo, umbrosa calle.

__________ . __________

Ezio salió de la casa a paso seguro, ligero y preocupado. Tenía los bolsillos del saco llenos con joyas y dinero.
A medio camino del auto, sin desesperarse, sacó el celular de su bolsillo derecho…comenzó a marcar…

“¡Kike, el trabajo se ha hecho…!”: dijo con voz baja y ligeramente abatida.

Esperó respuesta; y cuando la escuchó, intentó no desequilibrarse. La voz de Ezio se quebró por unos segundos. Luego, durante un par de segundos, libró una batalla épica contra su estómago. Ganó la batalla luego de una ligera hincada.
Sintió el ácido sabor de su propia bilis por unos segundos.

De su ojo izquierdo emanó una gota de líquido que se deslizó a sus labios y los saló suavemente.

No existían palabras para describir la atrocidad que había cometido.
Escuchó una respuesta…

Ezio se secó frotó el otro ojo…y respiró profundamente…
Continuó caminando a través de la calle.

“¡Dame con el Don!”Dijo, Ezio con voz tranquila y fría.

No le alcanzaban fuerzas en su mente ni para maldecirlo.

Con cada segundo que pasaba, con cada paso que daba mientras se alejaba de la casa, se iba dando (más) cuenta del tremendo error que había cometido…
Para cuando terminó de esperar, Ezio ya había llegado a la camioneta. Abrió la puerta, se sentó sobre el asiento del piloto, se acomodó…y recibió una respuesta del otro lado del teléfono…era la voz que menos quería oír en esos momentos…

Ezio puso una voz firme y contestó: “¡Señor, acabo de terminar el trabajo que me dijiste…pasaré mañana por la casa!”… y cortó la comunicación…

Ezio se posó sobre el timón del carro. Arrancó el motor…

“¿Qué he hecho?...”

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viernes 8 de mayo de 2009

Culpa y pena. - Parte I: Aquello que sé hacer…

“…no es que quiera hacerlo; la verdad, es que sólo quería un plato de comida...ahora estoy acorralado en este embrollo. No es que quiera hacerlo…si, tal vez, mis padres no me hubieran abandonado en aquel basural hace cinco años… no estaría aquí esperando mis órdenes... la verdad es que tengo miedo. No es que quiera hacerlo; pero… es aquello que sé hacer…es lo único que me enseñaron a hacer…”

La mirada triste de Ezio estaba concentrada en la torta helada de fresa a medio comer sobre la mesa roja y amarilla. La cafetería del segundo piso del supermercado era un lugar tranquilo, solitario y frío; sobre todo a las ocho y cuarentaicinco de la Nochebuena.

Ezio giró sus ojos negros a la derecha; a los árboles navideños junto a la sección de libros y juguetes. Los sonidos que emitían las luces navideñas le hacían añorar un hogar. Miró todo aquello con nostalgia…una nostalgia por algo que nunca tuvo…

Cogió su cuchara de plástico y se comió otro bocado de la torta, tomó un sorbo de su bebida gaseosa y miró a su izquierda. Era una pared de vidrio polarizado que daba a la calle.
Ezio dio una vista a su reflejo y vio sus vestimentas. Camisa negra entallada que cubría un atlético tórax, unos jeans azules oscuros, unos botines marrones y una casaca de cuero colgada sobre la silla: todo un clase A.

Su teléfono celular sonó en ese momento; Ezio se apresuró en contestar.

-¡Dime!- dijo con voz segura, y con rasgos de haber sido una voz aguda cuando niño.- ¿Comienzo?

Esperó una respuesta por el otro lado.

-¡Ok!- respondió mientras cogía el último mordisco de la torta con la cuchara.

Cortó la comunicación y, con cierto aplomo, masticó aquel bocado que, en ese momento, se le antojaba a la mejor cena del mundo…debía serlo; después de todo, era su cena navideña.

Se levantó, entonces, y se apresuró a salir del supermercado. Bajó las escaleras y se apresuró a la puerta principal despedido por las sonrisas de los empleados. Sonrisas que, para Ezio, no inspiraban amabilidad ni tranquilidad; todo lo contrario.
Era su “don”, después de todo: poder identificar los sentimientos de las personas. En ese momento, él deseó no tenerlo; simplemente quería saber cómo se sentía que otra persona esté feliz de verlo.

Abrió las puertas de su camioneta verde esmeralda y entró en el asiento de piloto.

Un par de cachetadas en el rostro bastaron para despabilar toda su mente y sus sentidos. Se frotó los ojos y, luego, tapó su rostro con ambas manos…. y dio un suspiro…

Su reloj de pulsera marcaba las nueve y treintaidós de la Nochebuena.
Sacó del bolsillo de su casaca un par de guantes de cuero negro y se los puso con paciencia.
Extendió su brazo derecho para abrir la guantera. La abrió y, de entre unos papeles y franelas, sacó una pistola automática.
Le adhirió un silenciador largo…la cargó…la revisó…la guardó…y pensó:

“…es todo lo que sé hacer…”

…y arrancó el motor…


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miércoles 10 de diciembre de 2008

Del destino del hombre. (Libro 4: Esperanza y Muerte.)

Cloto cayó sentada al suelo y arrastrándose se alejaba de su oponente. Aquel era un cuadro extremadamente tenso e interesante: una diosa carcomida por el miedo y el mortal que logró tal hazaña.
Al ver Láquesis la escena, se apresuró en auxiliar a su hermana:

-¡Cloto! ¿Qué pasó? ¿Qué tiene este humano?-preguntó afanosamente mientras despabilaba a su hermana de un trance catatónico.

Así, totalmente pasmada, la diosa de la vida pudo levantar el brazo derecho y, con su mano joven y herida por las agujas, señaló el rostro de Depulsor

Láquesis miró al lugar señalado…y, a pesar de que el escándalo fue menor, el resultado fue el mismo que el de Cloto: otra deidad catatónica por el temor.

Tras la capucha de Depulsor, las diosas pudieron notar el esbozo de un nuevo rostro...algo que jamás creyeron que verían en sus vidas…

Era una cara humana; una limpia y sin carne: un rostro de muerte.
Era un cráneo sostenido por un cuello de hueso y, por la apariencia, un cuerpo totalmente esquelético.
Un esqueleto encaperuzado que sostenía una guadaña y que tenía a sus pies a la diosa de la vida y del destino.
Figura espeluznante que no tenía por qué estar viva y sostenida en dos pies.

Entonces, una voz nueva, poderosa, imponente y, a pesar de todo, pacífica comenzó a hablar. Era la voz de Depulsor y, de trasfondo, la de la diosa de Átropos.

-Este es el día en que el hombre quedará libre de su yugo y sea quien realmente debe ser. No debieron jugar con sus vidas; y pagarán por eso.
Mataron a media isla en catástrofes y persecuciones para poder atraparme. Su control sobre el destino humano ya no es permitido. El hombre, de ahora en adelante, formará su propio camino, como debe ser; y terminarán el mismo con la muerte…
-¡Vamos, Depulsor!-interrumpió súbitamente Láquesis-¡No me hagas reír! ¿Crees que haces bien en liberar al hombre de su predestinación?... no esperaba más de un simple campesino…

De repente, y de la manera más súbita, Láquesis desapareció. Depulsor sintió cómo un par de palmas de manos cálidas se apoyaban sobre sus ojos…eran las de Láquesis.

-…esto es lo que pasa ahora…- dijo la diosa tras la capucha del esquelético rebelde.

Y fue lo último que Depulsor pudo oír antes de perder toda noción del tiempo y espacio.

Un mundo lleno de humo negro que salía de estructuras tubulares. Un mundo lleno de toda clase de plagas, enfermedades y hambruna. Un mundo lleno de guerras asesinas. Un mundo donde las muertes las daban aparatos largos que lanzaban flechas pequeñas y metálicas a gran velocidad. Flechas gigantes y gruesas que, al impactar contra el suelo, activaban una magia explosiva devastadora. Una nube con forma de árbol.
Hombres del desierto siendo asesinados por hombres protegidos por metal. Un líquido negro por el cual todos mataban y con el cual todos destruían.
Diamantes siendo extraídos por feudales crueles de piel oscura que esclavizaban a sus semejantes.
Verdugos vestidos de blanco quemando cruces.
Verdugos con cruces alrededor de sus hombros y vestidos con botas de cuero negras asesinando a millones.
Inundaciones, continentes helados desaparecidos.
Guerras por el agua.
Un mundo donde el honor ya no vivía en el corazón de los virtuosos. Un mundo donde la compasión se convirtió en debilidad.

Un mundo que se asemejaba a aquella pequeña isla que mató a Faren.

La voz de Láquesis se escuchaba en el fondo de aquella visión: “¡Qué mejor prueba que tu propia isla! Hombres desesperados matándose unos a otros por comida y riquezas cuando pueden ayudarse mutuamente.
La magia de tu isla se llamará tecnología para ellos…y no la sabrán usar.”

Depulsor estaba totalmente paralizado en medio de la meseta vacía. Quería zafarse de aquella visión y salir huyendo como un perro asustado por un rayo; pero estaba atrapado.

El suelo, entonces, se vio sacudido por otro terremoto. Este era más fuerte y no cesaba. La poca luz opaca que emitía el Zigurat se había extinguido en su totalidad. Volteó la cabeza y pudo observar como aquel diamante gigante se comenzaba convertir en polvo; y pudo, entonces, escuchar, desde la lejana ciudad de la isla, el estruendo de millones de habitantes desesperados.

-¿Qué han hecho?- gritó Depulsor intentando zafarse del encanto paralizante.- ¡Qué han hecho!

“Si los humanos de afuera descubren esta isla todo será peor que lo que viste.”: respondió Cloto, también desde el interior del liberador.

“Verás, Depulsor, nosotras no asesinamos a nadie…tu padre, Arkanis, tenía razón…los humanos no tienen un destino…”
Depulsor se exaltó por aquello, y comenzó otra visión; esta vez, con la voz de Cloto.

En la imagen había un ser resplandeciente de traje blanco y de rostro irreconocible; y ante él, las tres diosas arrodilladas.

“Te presento a nuestro padre”

-¡Zeus!- respondió inmediatamente pero dubitativamente Depulsor.

“¡Ahhh…te sorprenderías, Depulsor; en fin, no es mi punto! El hombre no tenía un destino inicialmente; pero a través de los siglos nuestro padre pudo observar un patrón: el hombre se autodestruye, se matan entre sí, se descuidan y encuentras más maneras de morir fuera de las naturales…el patrón se cumplía…excepto en esta isla.”

-Y, entonces, ¿Por qué tuvieron que…?

“¡Déjame terminar…!”: interrumpió Cloto. “Padre nos puso a cargo de esta isla para un “experimento” si lo quieres poner así. Algo fácil: si se controlaba el destino del hombre, se limitaban, entonces las consecuencias de sus actos de ira, venganza, avaricia y muchas otras perversiones de la virtud…
El trabajo funcionó. A tu isla se le permitió el uso de magia para mantenerla a salvo de su inevitable hundimiento. Paz.
Hasta que Arkanis demostró que todo hombre que decide escapar de su destino es capaz de quitarnos la condición de deidades: naciste tú y todo lo que hicimos evitable se volvió inevitable… ¡y no porque el humano tiene un destino… sino porque así es él!...”

-¡Aquello que me mostraron…aquellos desastres…!- la voz se le quebró.

“Decidimos luchar y hacer todo lo posible para salvar a la humanidad de su autodestrucción; pero la determinación y testarudez humana es más fuerte que sus huesos.
Así que decidimos quitar el soporte mágico de esta isla y dejarla hundir. Aquel ornamento de cuentas que tu hermano te dejó, lo robó del Zigurat. La maldición era clara: si el portador de las cuentas moría…entonces la isla se iba con él…y adivina qué, Depulsor…tu lo estás…”

-¡No es cierto, cállense!- gritaba- ¡Salgan de mi cuerpo…devuelvan a la isla y a mí como estaban antes!- Depulsor comenzaba a desesperarse-¡Cloto, Láquesis, Átropos!

“Muy tarde para eso; hundimos esta isla para retrasar lo inevitable. Esperanza es lo que le estamos dando a la humanidad. Tú, la muerte con la guadaña, eres la esperanza de ellos. Te escogimos a ti porque sabemos que intentarás con todas tus fuerzas retrasar aquellas imágenes horripilantes que te mostramos…tú sólo no puedes evitarlo; pero podrás elegir las horas de su deceso…le darás tiempo a la humanidad para redimirse…cuando entiendas eso…verás que nuestras intenciones no fueron malas…la poderosa Atlántida quedará en el olvido del océano y los humanos no podrán descubrir ni usar su magia para sus fines…”

-¡Esperen, qué se supone que significa!- gritaba al cielo en medio de la meseta vacía Depulsor mientras olas gigantes se acercaban a la isla para arrebatarle todo lo que tenía.

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Epílogo.

En un tiempo distante, en una época muy distinta a la nuestra, la muerte, con la guadaña en mano, observa parada desde una playa hermosa de cielo carmesí una nube de humo en forma de árbol.



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lunes 24 de noviembre de 2008

De las mil disculpas.

Estimados lectores:

Aquí Ramiro reportándose después de una larga ausencia debido a la universidad que, la verdad, no me ha dejado ni rascarme las... en fin...

Pido mil disculpas por dejarlos en suspenso con el cuento " Del destino del hombre" la parte final estará lista y editada para el domingo 7 de diciembre: dos días espués de que terminan mis exámenes finales.

Agradezco a los visitantes del blog y a su paciencia.

Les doy un adelanto (trailer) de lo que se viene en este final...

"Cloto cayó sentada al suelo y arrastrándose se alejaba de su oponente. Aquel era un cuadro extremadamente tenso e interesante: una diosa carcomida por el miedo y el mortal que logró tal hazaña.
Al ver Láquesis la escena, se apresuró en auxiliar a su hermana:

-¡Cloto! ¿Qué pasó? ¿Qué tiene este humano?-preguntó afanosamente mientras despabilaba inútilmente a su hermana de un trance catatónico.

Cloto, así, totalmente callada, pudo levantar el brazo derecho y, con su mano joven y herida por las agujas, señaló el rostro de Depulsor

Láquesis miró al lugar señalado…y, a pesar de que el escándalo fue menor, el resultado fue el mismo que el de Cloto: otra deidad paralizada por el temor.
Tras la capucha de Depulsor, las entidades pudieron notar el esbozo de un nuevo rostro...algo que jamás creyeron que verían en sus vidas..."

Eso es todo por ahora, pasen el link a sus amigos y acuérdense de visitar a los blogs amigos...

De nuevo, muchas gracias.

SEMPER FI

Ramiro Navarro.